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BICENTENARIO DE ISIDORO MÁIQUEZ

17/03/2020 - 03/04/2020 Gesehen: 54 mal

Con la colocación, junto a su estatua situada en la Plaza de San Francisco, de un tótem biográfico con código QR en el día del bicentenario de su muerte, a Isidoro Maíquez, Ilustre cartagenero que marcó un hito en la concepción del teatro y en la dignificación de la profesión de actor teatral.

Isidoro Patricio Máiquez Rabay, (actor y director teatral), nace en Cartagena el 17 de marzo de 1768 y muere en Granada el 17 de marzo de 1820. El joven estaba convencido de que el teatro debía ser una imagen de la sociedad y que los personajes debían hablar, moverse y gesticular como los demás. Contrajo matrimonio con la actriz valenciana Antonia de Prado –una de las grandes preferidas de la época por el público- y debutó en Madrid en 1791, en el Teatro del Príncipe.

Máiquez se constituyó como uno de los referentes ineludibles de la historia de nuestro teatro. Para ello dotó de matices la declamación, modulando una voz que entonces solo estaba sujeta a tonos claros y oscuros. De hecho, con él se promovió la creación de una Escuela Nacional de Declamación. Mejoró las sensaciones de realidad que percibía el público. Eliminó el amaneramiento de los actores y la sobreactuación. Era partidario de sentir primero para poder expresar luego. Cambió el vestuario de las obras, ajustándolos más a la realidad de sus personajes, de sus tiempos. Cambió y modernizó los decorados, la iluminación, los efectos especiales… Con él nació la figura del director de escena. Introdujo por primera vez la utilización de billetes numerados para la entrada a las funciones. También estableció asientos en el patio, evitando el bullicio y los grupos de gente que se mantenían de pie para ver la representación en los corrales . Otra innovación de sus innovaciones fue la utilización de carteles impresos en vez de manuscritos. Estos carteles representaban -en un alarde pictórico- un dibujo de alguna escena de la comedia. De esta manera se solucionaba uno los problemas más importantes que tenían entonces las compañías: la escasa difusión que se daba a sus obras. En definitiva, Máiquez fijó en España el carácter de la representación teatral. Con él, según Moratín, “empezó la gloria de nuestro teatro”. En aquella época el estado de los teatros era lastimoso y eso llevó a Isidoro a poner en marcha el primer Reglamento de Espectáculos, sentando las bases de las representaciones teatrales como las conocemos hoy. 

Pero el actor no solo defendió la profesión; también defendió la libertad del individuo. Luchó contra la injusticia. Defendió la condición humana de los cómicos. Los actores cambiaron su modo de vivir y de considerarse a sí mismos y fue entonces cuando el público comenzó a aceptarlos y respetarlos como miembros de la sociedad. Máiquez fue el primer actor becado por el Reino de España, -gracias a la voluntad y apoyo del ministro Godoy del que era amigo- para ir a estudiar a Francia. Allí conoció las nuevas tendencias del maestro Francois Joseph Talma.

Toda esta revolución emprendida por Máiquez y su carácter altivo y orgulloso, sin olvidar su severidad en el trabajo, le provocó muchos enemigos en la Corte y entre los que hasta ese momento dirigían los designios de teatro; compañeros de profesión –por envidia-, censores y corregidores del Gobierno. En varios momentos de su carrera se opuso a decisiones arbitrarias de las autoridades que iban en detrimento de los derechos de los actores. Estas diferencias con el poder le costaron en 1805 ser desterrado por primera vez de Madrid por “revolucionar las compañías de actores con sus ideas tumultuarias de hombre inquieto y arrojado”, señalaron.

Afortunadamente Máiquez, en esa España de finales del siglo XVIII y de los primeros veinte años del siguiente siglo, también tuvo buenos amigos. Encandiló a Pérez Galdós, que no se resistió a darle gran protagonismo en sus Episodios Nacionales. En concreto, el de ‘La Corte de Carlos IV’. Y, cómo no, a Francisco de Goya del que fue gran amigo y compañero de fiesta y tertulia política. El pintor terminó retratándolo en 1807 y su obra se guarda actualmente en la sala de retratos del Museo del Prado. No hay que olvidar que Máiquez fue uno de los protegidos de los duques de Osuna y en ese círculo coincidió con el pintor.

Pero la fuerte personalidad del actor, así como su sentimiento y compromiso histórico, se manifestó también en su posición política. Al estallar la Guerra de la Independencia, Máiquez, que había participado en el levantamiento del Dos de Mayo contra los franceses fue desterrado a Bayona (Francia) como reo de Estado. Sin embargo, José Bonaparte que quería recuperar el esplendor de la vida teatral de la Corte, revocó la orden, le permitió volver a España, poniéndole al frente del teatro El Príncipe y otorgándole una pensión de 24.000 reales.

Sin embargo Máiquez, liberal convencido, se apoyó en el teatro para defender su causa política y poniendo en escena obras con un marcado mensaje patriótico y republicano. Por ello fue encarcelado junto con otros conocidos liberales en plena represión absolutista de Fernando VII. De vuelta a Madrid, las cosas no fueron a mejor. Ya enfermo –la cárcel y el tabaco le causaron serios problemas de salud- consiguió sobrevivir a la censura del gobierno del Rey Felón, hasta que al negarse a representar una comedia del influyente político Javier de Burgos -impuesta por el corregidor José Manuel de Arjona- fue desterrado definitivamente a Ciudad Real y decretada su jubilación forzosa. Tiempo después -por razones de salud- se trasladó a Granada para cumplir la pena que por desacato le habían impuesto.  En Granada se agravó más la enfermedad de Máiquez. Arruinado, loco y desvalido murió en la madrugada del  18 de marzo de 1820 con 52 años.

En 1839 el matrimonio formado por el actor murciano Julián Romea y su esposa, la actriz Matilde Diez, lograron que el ayuntamiento de Granada aprobara su proyecto para levantar un monumento en memoria de Isidoro Máiquez. Se ubicó originariamente en la plaza del Campillo, aunque después de varios destinos y tumbos por la ciudad, descansa en la plaza Padre Suárez.

En 1927 la ciudad de Cartagena, levantó un monumento en su honor y recuerdo de su obra en esta plaza San Francisco.

 

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